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martes, 31 de enero de 2012

JULIO -PATALOCA -PÉREZ A CASI 10 AÑOS DE SU DESAPARICIÓN FÍSICA .
























Nació el 19 de junio de 1926.Por haber visto la luz en Montevideo el día del natalicio de Artigas, el padre no dudó un instante y el bautismo no podía ser otro : Julio Gervasio Pérez Gutiérrez.
El 26 de agosto de 1950 se casó con Gladys Castro. “Ganara o perdiera el Mundial me casaba, porque así lo había establecido con mi novia antes de partir para Brasil” , aclara Julio cuando le pregunto si el casamiento obedeció al que quería festejar el triunfo de Maracaná. Tuvo tres hijos , Cristina, Julio y Wilson, en ese orden , y de la hija ya tiene los primeros dos nietos “Un casalcito” , como dice Julio identificando su amor por los pájaros con los nietos. Siempre ha vivido en el barrio Lavalleja y los equipos de esa zona fueron los primeros que conocieron las bondades de su futbol. Se inició en el “Ultima Hora”, un club que en los primeros años de la década del cuarenta estaba afiliado a la Extra. Después jugó en el “Edison” que pertenecía a la Liga de Montevideo y en 1944 llegó a las inferiores de Racing. Al año siguiente, en la “B” debutó como titular en el conjunto de Sayago y vistió la camiseta de los alviverdes hasta 1947.
En el año 1948 pasó a River Plate en carácter de préstamo , y debutó en Primera División en esa temporada que quedó trunca por la famosa huelga de jugadores.
En el año 1950 llegó a Nacional, pero no debutó en los tricolores hasta después de finalizado el Campeonato Mundial de 1950, porque inmediatamente a la transferencia de River para Nacional fue convocado para integrar, primero la preselección , luego el núcleo definitivo.
En 1946, siendo jugador de Racing, había integrado el plantel de Uruguay que jugó en Brasil, ante la Selección local la Copa “Barón de Rio Branco” , pero Julio Pérez estuvo como suplente.
Oficialmente con la celeste debutó en un partido que jugó Uruguay frente a Paraguay, en Brasil por la Copa Ministerio de Guerra y Marina en 1950, antes del Mundial inmediatamente – ya como titular celeste – jugó la Copa “Río Branco” ante Brasil y meses después, en la caliente tierra que inmortalizó Vinicius con sus sambas, logró Julio Pérez su mayor pendón gloria, Campeón del Mundo en Maracaná. Julio, en ese torneo, jugó todos los partidos como titular. En síntesis, con la camiseta celeste, Julio jugó entre 1950 y 1959 actuando en 27 partidos en los cuales convirtió nueve goles. El último encuentro con la Selección lo jugó en 1959, cuando ya militaba en Sud América y fue ante la Selección de Rosario de la República Argentina. Su triunfal campaña en el Club Nacional de Football se extendió desde 1950 a 1956. En ese lapso se consagró campeón de la Copa Uruguaya en cuatro oportunidades (1950 – 52 – 55 y 56) y su figura resultó decisiva en varias temporadas. Al abandonar Nacional pasó a jugar al Internacional de Porto Alegre en donde actuó fugazmente seis meses. En 1958 se incorporó a Sud América que estaba en la Divisional “B” , logrando ese año el ascenso a Primera. Julio también estuvo en el descenso de la IASA en 1960, fecha en la cual corrió el telón a su actuación como jugador profesional de fútbol. Pero , sin embargo, siguió jugando. El fútbol ha sido, junto con los pájaros, su gran amor, y por lo tanto no pudo resistir el llamado de la sangre, al extremo de continuar su carrera, deportiva, prácticamente hasta 1977 en varios equipos del interior del país afiliados a OFI. Su campaña como internacional celeste merece una nota aparte que debe integrar su ficha personal. Jugó en el Campeonato Sudamericano - Copa América - de 1955 y en el Panamericano de 1952. Los dos torneos se jugaron en Chile y Uruguay tuvo en ambos una muy mala performance, al extremo de que en el Sudamericano, los celestes con Julio Pérez suplantado en el segundo tiempo por Héctor Demarco vivieron la derrota más aciaga para nuestro fútbol en estos torneos , fue el 27 de marzo de 1955 y Argentina derrotó a Uruguay por 6 a 1.Camino Edison casi Instrucciones. Pleno corazón del barrio Lavalleja. Un camino algo angosto, asfaltado, poblado por muchos árboles que lo marginan y ofrecen el verde imponente de millones de pequeñas hojas que son el testimonio inequívoco de una primavera que va reventando en toda la naturaleza. Diez o doce casas de un lado de la calzada, en hilera, parecen construidas por el mismo arquitecto: un jardincito al frente, una fila de tejas coloradas le ponen coqueta visera a la pared que recibe al visitante, dos ventanas, una puerta y al costado una entrada que quiere parecer de garaje, pero que conduce al fondo, al clásico “fondito donde hacemos los asados y Julio se divierte con los bichos”, según apunta doña Gladys cuando sale a recibirme. Después, el camino Edison se pierde en medio del campo, buscando aire para alentar un sueño de calle; y al final, allá lejos, otra vez el suburbio aparece en escena cuando Sayago se recorta en el horizonte. Al sur, pasando Instrucciones como quien va para el centro, el camino muere sin destino en los descampados fondos del Cementerio del Norte; y en esos campos, Julio se mete todas las tardes buscando el contacto estrecho con la naturaleza y la soledad : “Me encontró de casualidad porque un amigo me fue a buscar. Sino, hasta la tarde no vuelvo. Me voy por el campo con el mate y el trampero y me paso las horas solo, mirando los árboles, caminando por el pasto y jugando con mis dorados…No sé por qué, sabe, pero me gusta la soledad. El ruido no me llama…”

Este es el Julio Pérez de hoy. El de ayer, el de mañana, el de siempre…El que lleva, como los casimires importados, la marca en el orillo. El que tiene la cara amasada con los rasgos indiados de los viejos caciques charrúas y conserva la nariz aguileña y la pero prominente que heredó del gaucho, del campo, de ese campo que lo vio nacer, criarse, desarrollarse y que también lo verá morir. Porque Julio es así; tiene el rostro limpio y la cautela sabia del hombre del interior que estudia cada paso, que baraja cada reacción y si la pierna lo convence se entrega y llega a sonreír tímidamente porque en él no hay estruendo; no hay tonos altos y graves. Todo es igual. Todo sale tenue, monocorde, con un solo tono de voz que tiene el acento gauchesco como característica principal y la pausa larga entre frase y frase, como detalle más destacado. Ya estamos en el living de la casa.
Julio enciende un cigarrillo y mientras tanto, de meterme en sus pensamientos, me parece que estaría mucho más cómodo si a mano tuviera un poco de chala y una hojilla e las de antes para armar el pucho y sustituir ese cigarro que impone la simple mecanización de abrir la cajilla. Una pausa. Me mira y empieza la historia.
“DORMIA CON UNA PELOTA ABAJO E LA CAMA”
“Nunca salí de este barrio. Nací acá a la vuelta- y su mano señala la ventana – en la calle Teruel casi Cnel. Raíz. Éramos cuatro hermanos, el viejo tenía almacén y una pequeña chacrita en Canelones. Esa fue mi infancia: el barrio y el campo, atrás de los bichos y la pelota de fóbal. Pájaros, perros, caballos, vacas y ¡qué sé yo! , todo despertaba mi curiosidad y admiración. Y el fóbal también apareció temprano. Empecé a jugar en los menores de un club que se llamaba “Ultima Hora” y estaba afiliado a la Extra. Después pasé al “Edison”, un cuadro que jugaba en la Liga de Montevideo, y ya por ese entonces me revolvía. Le hablo de 1942 o 43 , pero esos equipos, que fueron los primeros que integré en forma oficial, simplemente significaron la continuación de una etapa que había empezado diez años antes por acá, en los baldíos, en esos partidos donde nos mezclábamos cuarenta contra cuarenta y terminaban cuando la noche nos obligaba a postergar el picado para el día siguiente. Y ese fue el mejor entrenamiento: pelota todo el día, y después de noche yo dormía con una debajo de la cama…”
Pájaros, campo y pelota. Nada de pensar en el futuro. ¿El futuro? ¿Qué futuro? Los pibes de aquella época apenas si conocían esa palabra. Crecían muy lejos del materialismo que hoy obliga a pensar en el mañana cuando aparecen los primeros indicios de barba en la cara. Antes, cada día era nada más que otro partido de fútbol. Que otro trampero abierto mientras el llamador completaba la obra de lograr otra pieza. Y así Julio se hizo atorrante…Atorrante de la calle, el baldío, el campo…

El recuerdo de su padre trae las reminiscencias de aquellos almaceneros de antes que al “dar la libreta” otorgaron los primeros créditos sin firma, sin pensar que iniciaban una cadena que ha culminado con el boom de las cuotas.

Y ya estamos en 1944
“Me fui a probar a las inferiores de Racing, acá en Sayago, y me dejaron en la Cuarta de half izquierdo; o si lo prefiere Ud. de marcador de punta derecha, como dicen ahora los fenómenos. Ese año, el equipo se fue a la “B”. Al siguiente, Lorenzo Fernández, que era el técnico, me sube al primero y me pone de entreala izquierdo, con el diez, porque yo a la derecha no quería jugar. Al número ocho le tenía bronca. Lo veía y me daba asco; me parece que me ataba a una función defensiva y lo que yo quería era jugar, correr, estar en todos lados. ¡Todavía no sé cómo jugué en Maracaná con esa camiseta! Cuando llegué al primero era muy torpe. Acostumbrado al campo, hacía lo que quería. Me olvidaba de los demás y sólo me preocupaba tener la pelota y no largarla; era muy entreverado, hacía un fútbol loco, medio eléctrico…”
Y nace “pata loca”. Casi sin quererlo, por ese andar desgarbado y enredado adentro de la cancha; por esas gambas que cazaban la globa y al igual que un trampero le ponían rejas a la libertad de la pelota, para imponer sus deseos de divertirse mirando a los demás pasar de largo y haciendo el ridículo ante una cintura que se quebraba y unas piernas que escondían, con rara habilidad, el objeto tan buscado por los rivales.
“Pero mire que hay muchas maneras de comerse la pelota. Está el comilón que no sale de un diámetro de diez metros y con él no pasa nada. Pero está el otro que se moría la pelota pero choca con cincuenta buscando el área rival para poder llegar al gol. Este sirve. Y eso a mí siempre me gustó. ¿Sabe una cosa? La gente pensaba que yo era débil porque tenía apariencia de tiernito. Pero no era así. Estaban equivocados, y acá vuelvo a lo del principio: a mi viejo y la alimentación que nos dio en la infancia…”
LOS RICOS NO JUEGAN AL FUTBOL
Me atrevo a cortar su relato. Es la primera vez que lo hago, pero me animo a preguntarle si esa, la alimentación, es la diferencia entre la juventud de ahora y la de antes.
“En ese terreno no me meto. Mejor no hablar. Lo único que le digo es que , para mi es fundamental que la juventud que juega al fútbol esté bien alimentada. El futbolista nace de pobre, del suburbio, de la miseria, pero es importante que morfe bien. Que se alimente. Los nenes bien son para otra cosa: el estudio, una carrera, el título de doctor…En cambio a los pobres esas cosas no les interesan porque saben que no están a su alcance. Entonces tanto da, salvar como perder el año.”
¿Cambiaron los tiempos?
“Si. Ahora es diferente. Hay más progreso y menos atorrantes, y eso, aunque parezca mentira, ha perjudicado al fútbol y el nacimiento de los jugadores. Hoy, cualquier familia se preocupa por el destino de los hijos. Los hacen estudiar desde chicos y los apartan de la calle. Hace poco estuve en las inferiores de Racing y para entrenar con los muchachos siempre había un problema porque todos tenían que estudiar. Antes no había estudio, ni horario para el colegio. Sólo los ricos andaban en eso. Los otros: campo y pelota…”

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